René Hernández

René Hernández, memorias de un piano en peligro de extinción

En Cuba no fue noticia, pero el 23 de febrero de 1978, puede considerarse la fecha en que por primera vez un músico cubano resultó galardonado con el Premio Grammy. En esa ocasión, La Academia de la Grabación gratificaba el trabajo de  Ramón “Mongo” Santamaría, por la publicación de su álbum “Dawn”, en la categoría de Mejor Grabación Latina.

Sin embargo, Cuba y su música ya se habían hecho presentes en este tipo de citas, aunque de eso tampoco se hable. Resulta que 2 años antes, detrás del exitoso disco “The Sun of Latin Music”, a cargo del virtuoso pianista y compositor Eddie Palmieri, había mucha responsabilidad de un paisano de Mongo; una de las figuras más olvidadas e influyentes de nuestro pentagrama, el extraordinario René Hernández.

Un 5 de septiembre de 1987, fallecía en San Juan, Puerto Rico, este legendario instrumentista; pero poco se ha recordado por estos días su vida, su obra, el Grammy y mucho menos su legado.

Su caso no constituye una rareza y se integra a un grueso expediente de artistas que aunque curtidos en el territorio nacional, desarrollaron buena parte de sus exitosas carreras, fuera de nuestras aguas jurisdiccionales: Arsenio Rodríguez, Miguelito Valdés, Francisco R. Gutiérrez Grillo, “Machito”, Israel López “Cachao”, Mario Bauzá, o Celia Cruz, son solo algunos nombres ilustres de esa “lista negra”.

Pero bien conocía Palmieri este elenco y la impresionante hoja de ruta del veterano pianista y arreglista cienfueguero, quien desde Cuba ya había marcado territorio tras su paso por la Orquesta de los Hermanos Palau y la de Julio Cueva.

Atrás habían quedado los años gloriosos de René y su piano por New York, donde conquistó al público latino de esa cosmopolita ciudad junto a Machito y sus Afrocubans, durante casi 20 años (1947-1966).

Palmieri era neoyorkino, joven y apasionado de las teclas, por lo que le resultó imposible  desconocer  las estructuras y patrones rítmicos de una formación que había establecido las pautas del jazz afrocubano, o cubop, -posteriormente bautizado como latin jazz- y que puso igualmente más de un ladrillo en los cimientos del mambo y ni qué hablar de la denominada “salsa”.

René compartió el rol de arreglista de esta agrupación, junto a  figuras legendarias como Chico O´Farrill y  Mario Bauzá y luego repitió esa responsabilidad en la orquesta de Tito Rodríguez, otro de los grandes del circuito neoyorquino, aportando en cada etapa su sabor único en la ejecución del instrumento.

Dejaba además una extensa lista de beneficiados con sus orquestaciones o sus servicios en incontables sesiones de grabación junto a  Vicentico Valdés, Rolando Laserie, Panchito Riset, La Lupe, Arsenio Rodríguez, o Miguelito Valdés.

En los años 70, radicado en Puerto Rico, donde alternaba con la banda de Miguelito Miranda en el Hotel Caribe Hilton, parecía que ya tenía poco que demostrar desde el atril, pero afortunadamente fue convencido por su discípulo  para arreglarle un buen número de temas que traía bajo el brazo.

El resultado de estas sesiones conjuntas en casa de René, derivó en un álbum de culto; uno de los más experimentales del catálogo de Palmieri y para muchos, su trabajo más logrado, “The Sun of Latin Music”. En este disco René contribuyó con los arreglos de 5 temas, de los 6  que conformaron el álbum y que les valió el mentado Premio Grammy a la Mejor Grabación Latina, en el primer año de creada esta categoría.

Pudieran destacarse piezas como “Deseo Salvaje”, un señor bolero compuesto por un joven que rondaba los 16 años y futuro ícono de la salsa erótica, Lalo Rodríguez; “Mi cumbia”, que al final no lo era tanto e incluía hasta guiños al mozambique; o un danzón poco ortodoxo, que con el título de “Una rosa española”, reconvertía el clásico de The Beatles  “You never give me your money” con ritmos caribeños.

Como dato curioso, debe señalarse  que en medio de la constelación de estrellas que participaron en las grabaciones, estaba uno de los grandes maestros e innovadores del violín, el también cubano Alfredo de la Fe, cuyo nombre tampoco se registra en nuestra memoria sonora. Sorprendentemente muchos lo “descubrimos”, aunque tal vez ya pocos lo recuerden, por su interpretación en la exitosa novela colombiana Azúcar, transmitida en Cuba en los años 90, donde Alfredo hacía de las suyas con las cuerdas frotadas en cada capítulo.

Pero volviendo a René, fueron tan productivos aquellos encuentros, que un año después sus aportes se incluyeron nuevamente en una obra colosal, el “Unfinished Masterpiece”. Este siguiente disco, que también contó con la mayoría de los arreglos del nacido en Cruces, le acarreó el segundo Grammy consecutivo a Palmieri.

Por si fuera poco, años después, otras 2 piezas tocadas por la barita de René  en aquellos días, prestigiaron un disco del neoyorquino; se trata de “Ritmo Alegre” y de una versión bailable de “El día que me quieras”, el tango-canción de Gardel y Le Pera,  que después de años en reposo, fueron incluidos en el Álbum Blanco, otro de los imprescindibles de la música latina de todos los tiempos.

Hace poco más de un mes, el pasado 6 de agosto, fallecía a los 88 años de edad, Eddie Palmieri. Diversas voces le rindieron por esos días, los honores correspondientes a uno de los más grandes exponentes de la música afrocaribeña -no digo “salsa”- porque el maestro aborrecía ese término.

Muchos medios recordaron también, la trascendencia de su extensa discografía, sobre todo la importancia de aquel histórico primer Grammy y aunque el nombre del cubano no resurgió en ninguna de esas notas, reverenciar el “The Sun of Latin Music” es de cierto modo, homenajearlo.

Por otra parte, no puedo asegurar qué impacto mediático tuvo la propia muerte de René, acaecida hace varias décadas en Puerto Rico, alejado de los focos y si algún medio de prensa en Cuba reflejó esa pérdida.

Lo cierto es que en todos estos años muy poco se ha dicho acerca de su vida y de  su monumental obra, y lo que es peor; muchos músicos jóvenes e incluso veteranos, desconocen sus aportes en el desarrollo de la música cubana, hechos dentro y fuera de la isla.

No se trata ahora de imponer “revivals” ni tributos tardíos; debemos comenzar por reconocer cuán absurdo sería que su piano, en alarmante peligro de extinción, terminara muriendo en el anonimato. Claro que muchos hoy no lo entienden así y es comprensible, primero tendrían que escucharlo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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