María Clemencia Olaya, periodista, lesbiana, afrodescendiente e indígena, salió de Colombia en el año 2000 no buscando un sueño, sino escapando de una pesadilla. Veintitrés años después, desde Canadá, su voz tiene la fuerza de quien aprendió a reconstruirse entre idiomas, climas y cicatrices.
Su historia no cabe en la narrativa edulcorada del “sueño migrante”: es un testimonio de resistencia, de las fronteras que no son solo geográficas, sino también mentales y sociales.
En sus palabras se mezclan la ternura de quien sigue amando el país que la expulsó y la lucidez de quien entiende que el exilio también puede ser un acto político. Lo suyo no es solo una biografía: es una radiografía de lo que significa ser mujer, queer y racializada en un mundo que todavía exige permiso para ser libre.
Llevas más de 18 años viviendo en Canadá. ¿Qué fue lo más desafiante de dejar Colombia y comenzar una vida en otro país, siendo además mujer, lesbiana y afrodescendiente?
Salí de Colombia en el año 2000, no buscando una nueva vida sino escapando de una situación de homofobia y lesbofobia que me puso en riesgo. En ese momento ya me reconocía como una mujer lesbiana y también como alguien con raíces indígenas y afrodescendientes —estas últimas me ha tomado años reconocer plenamente, porque crecí con un racismo internalizado del que aún me sigo desprendiendo.
Lo más desafiante fue, sin duda, tener que irme por ser quien soy. En esa época estaba terminando mis estudios de periodismo, una carrera que elegí desde muy joven con el sueño de aportar a una prensa que hablara de las diversidades sexuales y de género desde la dignidad, no desde el prejuicio. Mi tesis de grado buscaba justamente crear un espacio radial para la comunidad homosexual de Santa Fe, en Bogotá, la ciudad donde nací y viví 26 años. Quería que existiera un lugar donde las personas pudieran sentirse escuchadas, comprendidas, acompañadas en su diferencia, lejos de la mirada heteronormativa que lo atraviesa todo en nuestra sociedad.

María Clemencia Olaya,
Por eso fue tan duro tener que irme. Amo profundamente a mi país, con todas sus contradicciones, pero nunca imaginé que ese amor no bastaría para poder quedarme. La decisión de irme fue forzada, tomada junto a mi padre, con quien, a pesar de las diferencias y silencios, siempre tuve una relación de respeto. En Colombia sigue siendo difícil hablar abiertamente de orientación sexual o identidad de género; aún se nos tacha de inmorales, se nos juzga desde la religión, la cultura, la economía. Vivimos cargadas de estigmas que pesan más que los equipajes que llevamos al exilio.
Primero llegué a Estados Unidos, donde estuve dos años, y en 2002 pedí refugio en Canadá. Aquí llevo 23 años reconstruyendo mi vida. Hoy me reconozco como una mujer lesbiana orgullosa, sobreviviente de violencia sexual, madre, indígena, afrodescendiente, educada, trabajadora y agradecida por haber podido rehacerme.
Soy consciente de mis privilegios —tener educación, haber podido migrar, rehacerme profesionalmente—, pero también de mis heridas. Hoy estoy felizmente casada con una mujer cubana, con quien tenemos dos hijes maravilloses. Sin embargo, los procesos migratorios siguen siendo crueles: las fronteras, la burocracia, los contextos políticos —como el de Cuba— siguen impidiendo que podamos estar juntes como familia. Aun así, seguimos luchando, porque nuestra historia, como la de tantas otras familias diversas, demuestra que el amor también migra, pero nunca se detiene.
En Colombia tu activismo tenía un fuerte componente de comunicación popular y trabajo comunitario. ¿Cómo fue esa transición hacia el acompañamiento directo a sobrevivientes de violencia sexual y de género en Canadá?
En realidad, mi activismo en Colombia fue muy breve. Crecí en una familia de clase media que, aunque provenía de raíces humildes, logró salir adelante gracias al esfuerzo de mis abuelos campesinos. Ellos llegaron a Bogotá buscando una vida mejor para sus once hijos, convencidos de que la educación era la herramienta más poderosa para romper los ciclos de pobreza. Ese valor fue el legado que nos dejaron: estudiar era una forma de dignidad y de resistencia.
Gracias a ese ejemplo, tuve acceso a la universidad, y ese fue un punto de quiebre en mi vida. Allí comencé a desarrollar una conciencia social más clara sobre las desigualdades y, al mismo tiempo, a reconocerme como mujer lesbiana. En mi círculo de amistades podía hablarlo con libertad, pero no en mi familia. El peso de la homofobia, de la lesbofobia y del machismo seguía presente, incluso reproducido dentro de nosotras mismas. Aprendí que el machismo no solo lo ejercen los hombres: también las mujeres lo perpetuamos cuando sostenemos esos mandatos que nos dicen cómo debemos amar, comportarnos o vivir.
Mi activismo entonces se enfocó en el periodismo. Veía la necesidad urgente de un medio radial para la comunidad LGBTIQ+ de Bogotá, un espacio donde pudiéramos expresarnos sin miedo, contar nuestras experiencias y construir colectivamente. Ese proyecto fue mi tesis de grado, pero no pude desarrollarlo porque tuve que salir del país de manera abrupta. Fue uno de los primeros duelos que me dejó el exilio: tener que abandonar no solo mi tierra, sino también mis sueños profesionales.
Ya en Canadá, el camino no fue fácil. Llegar con un título universitario no garantizaba oportunidades. El idioma, las exigencias laborales y la falta de “experiencia canadiense”. Me tomó diez años volver a conectar con mi vocación social, y lo hice desde otro lugar: el trabajo directo con personas sobrevivientes de violencia.

María Clemencia Olaya,
Todo comenzó cuando conseguí empleo en un albergue para jóvenes en la ciudad de Guelph. Esa experiencia me transformó profundamente. Allí entendí que el activismo no solo se hace desde los micrófonos o los medios, sino también desde la escucha y el acompañamiento cotidiano. Luego me mudé a Toronto, donde estudié la carrera Assaulted Women and Children Counsellor Advocate, una formación de dos años que me permitió trabajar como consejera y defensora de mujeres y personas de género diverso que han sobrevivido a violencia sexual o doméstica.
Ese cambio —de la comunicación comunitaria al acompañamiento directo— fue, en el fondo, una evolución natural de mi activismo. Sigo siendo periodista de espíritu, pero ahora mi voz se expresa en cada historia que ayudo a sanar, en cada mujer o persona diversa que vuelve a creer en sí misma. Ese es el periodismo que hago hoy: el de las vidas que se reconstruyen.
Canadá suele presentarse como un país inclusivo, pero también tiene sus propias formas de racismo y exclusión. ¿Cómo ha sido para ti navegar esos espacios y construir redes desde una mirada afro-latina y feminista?
Canadá tiene fama de ser un país inclusivo, de alto nivel de vida y de gran diversidad cultural. Y sí, en parte es cierto. Pero esa imagen también tiene sombras. Aquí existen el racismo, la homofobia, la transfobia y una creciente hostilidad hacia las personas migrantes. Muchas veces se repite que quienes llegamos “aprovechamos el sistema”, sin reconocer que este país fue construido sobre territorios indígenas y que son precisamente esas comunidades las que nos han permitido vivir y trabajar aquí. Ellas son las verdaderas dueñas de esta tierra.
Cuando llegué en junio de 2002 con el título en periodismo que nunca pude ejercer formalmente. De igual forma trabajé como voluntaria en espacios radiales comunitarios, pero durante casi una década tuve que aceptar empleos en limpieza, fábricas y cafeterías. No hay deshonra en esos trabajos, pero sí fue doloroso sentir que mis capacidades no eran reconocidas, que mi acento, mi color de piel y mi procedencia me colocaban automáticamente en una categoría inferior.
Esa experiencia me confrontó con un tipo de discriminación que no esperaba encontrar en un país tan “progresista”. Me di cuenta de que el racismo en Canadá no siempre se grita: a veces se disfraza de silencio, de indiferencia, de barreras invisibles. Y fue entonces cuando decidí que, si este país me iba a exigir tanto, también iba a sacarme lo mejor.
Al trabajar en el albergue para jóvenes me abrió los ojos: comprendí que aquí también existen enormes desigualdades sociales, violencias domésticas y sistemas que fallan en proteger a las personas más vulnerables. Y fue al formarme en la carrera Assaulted Women and Children Counsellor Advocate, que permitió profesionalizarme en el acompañamiento a mujeres y personas de género diverso sobrevivientes de violencia sexual o de género.
Hoy trabajo en el área del trabajo social, y desde allí hago activismo. Mi lucha no es solo por quienes acompaño, sino también por visibilizar las realidades que este país prefiere no mostrar. Canadá se vende al mundo como un lugar pacífico e inclusivo, pero la verdad es que las violencias existen y deben nombrarse. Yo las he vivido y también las he enfrentado desde mi práctica profesional.
Desde mi posición —y desde mis privilegios— intento abrir espacios donde las personas diversas puedan sanar y empoderarse. Ser afro-latina, lesbiana e inmigrante me permite hablar desde un lugar de experiencia, de cicatriz, pero también de reconstrucción. Mi activismo hoy no se grita en marchas todos los días, se ejerce acompañando a otras a transformar el dolor en fuerza, la exclusión en comunidad.
En tu experiencia, ¿qué diferencias encuentras entre las luchas feministas y LGBTIQ+ en Colombia y en Canadá? ¿Qué aprendizajes han surgido de vivir entre esas dos realidades?
Desde mi experiencia, puedo decir que las luchas feministas y LGBTIQ+ en Colombia y en Canadá se parecen más de lo que muchas personas creen. En ambos contextos seguimos enfrentando sistemas que nos oprimen, que nos aíslan y que cuestionan nuestra existencia. Cambian los escenarios, cambian los idiomas, pero el fondo es el mismo: todavía se nos mira con prejuicio, se nos juzga como si nuestra forma de amar o de vivir fuera una amenaza al orden establecido.
Es cierto que en Colombia ha habido avances importantes: hoy existen más espacios de visibilidad, marcos legales y movimientos feministas y queer muy poderosos. Sin embargo, esos logros no siempre se traducen en transformaciones reales en la vida cotidiana, sobre todo para las personas trans, las mujeres afrodescendientes, indígenas o de sectores populares. Lo mismo ocurre aquí, en Canadá, aunque desde fuera parezca distinto.
Canadá se presenta como un modelo de inclusión, pero las desigualdades siguen marcando la vida de muchas personas diversas. La comunidad trans, por ejemplo, continúa enfrentando altos niveles de violencia, desempleo, precariedad y exclusión. Existen leyes que nos protegen, sí, pero el papel no cambia la realidad por sí solo. A veces hay una idea de que el problema ya se resolvió, cuando en realidad apenas se maquilló.
Vivir entre estos dos mundos me ha enseñado que los derechos no se conquistan una vez: hay que defenderlos todos los días. También he aprendido que la lucha no pertenece únicamente a las comunidades LGBTIQ+ o Feministas. Nos compete a toda la sociedad, porque las violencias de género y las desigualdades nos atraviesan a todes, incluso a quienes piensan que están lejos de ellas.
Mi mayor aprendizaje ha sido entender que no basta con exigir tolerancia. No queremos ser “tolerades”, queremos ser reconocides, celebrades y escuchades. Queremos ocupar los espacios que históricamente se nos negaron, no como una concesión, sino como un derecho.



