Liliam Ojeda es una fuerza de la naturaleza. Cantante de rock , integrante de la banda Pyra, actriz de teatro y madre de dos niños pequeños. Todos esos atributos se dan la mano en su proyección encima de los escenarios y en su capacidad para afrontar la vida diaria sin descuidar, para decirlo de algún modo, ninguno de esos frentes. En medio de los ensayos para las presentaciones que hace en el hotel Presidente en La Habana, con su alineación, la actriz conversa con Human Press sobre su obra, su faceta creativa y Cuba, un país donde a pesar del duro acontecer diario ha sabido alzarse como una artista y una mujer, sin cortapisas, definida por un profundo civismo.
¿Cómo nace tu vínculo con el arte y qué momento marcó el inicio de tu camino creativo?
El camino creativo empezó apenas aprendí a escribir. Escribí poemas, cuentos, fotonovelas y hasta guiones en una máquina de escribir portátil que tenía mi papá. Pasaba mucho tiempo leyendo y escribiendo; supongo que tenía un mundo interior difícil de asimilar por los niños de mi misma edad. Luego también empecé a cantar y a declamar en cuanto matutino, festival, concurso y/o acto patriótico aparecía. No recuerdo cómo llegamos a eso, pero sé que tuve por un tiempo un guitarrista acompañante cuando tenía siete años. A los doce me vinculé al movimiento de aficionados en un grupo de teatro en la Casa de la Cultura de Plaza, y a los catorce empecé a cantar en un proyecto de Roberto «Keko» Fajardo (de Extraño Corazón). Siempre he tenido la duda de a partir de qué fecha se considera que uno ha iniciado carrera artística, pero si se cuenta a partir de la primera vez que uno sube a escena (y la primera vez que recuerdo haber subido al escenario del Karl Marx fue con siete años), supongo que tengo más de treinta años de carrera.
Te formaste en dramaturgia. ¿Cómo ha influido el teatro en tu manera de entender y hacer música?
El teatro es un todo muy integrador. No me considero actriz; me considero un animal de escena, y eso implica entender cómo funciona un espectáculo en su totalidad. Tuve grandes maestros (actores, directores, dramaturgos), incluso mucho antes de llegar al ISA a estudiar dramaturgia. De hecho, a principios de 2006 gané el Concurso Internacional de Dramaturgia Femenina «La Escritura de la Diferencia», y ese mismo año empecé la carrera. No creo que una formación influya en la otra, en mi caso particular. Siempre llevé música y teatro juntos, así que en realidad son un todo dentro de mí desde siempre.
Eres cantante, actriz y dramaturga. ¿Cómo dialogan estas disciplinas dentro de tu obra?
Como dije, no me considero actriz. Siento un respeto reverencial por el arte del actor y no creo haber arañado siquiera la superficie de algo que es mucho más hondo y complejo. Sí he vivido intensamente el escenario, y supongo que formarme con (y rodeada de) excelentes actores ha sido una herramienta imprescindible para entender, disfrutar y dialogar con el público.

Creo que el espectáculo no es solo interpretar correctamente lo que está escrito o concebido con anterioridad: hay que engañar, capturar, conmover y secuestrar la atención/emoción de ese público. Esa es mi meta, y en función de eso van todos mis recursos.
Dentro del rock cubano, tu propuesta tiene una identidad muy marcada. ¿Cómo defines tu sonido y qué buscas expresar?
No creo tener un sonido propio (pese a que colegas que respeto me aseguran que sí). Creo que mi «marca personal» tiene más que ver con el espectáculo, con el intercambio directo con el público. No es solo poner a la gente a bailar, trashear o vociferar… es compartir la emoción de cada canción, los chistes, el dolor o la risa de lo que vivimos todos, el desafío a los silencios que pesan sobre nosotros y la libertad de la música. Porque la música también se trata de libertad y de alegría. No sé si esa es mi marca, pero es lo que siento y lo que intento transmitir.
Formas parte de Pyra y también has integrado otros proyectos. ¿Qué han significado estas experiencias en tu desarrollo dentro del rock?
De todo he aprendido. Veinte años trabajando con Frank Delgado son un privilegio impagable; de él aprendí a dialogar directamente con el público. Frank es una cátedra tanto para quienes van a verlo como para quienes trabajan con él. Luego, distintas formaciones me han enseñado variantes de enfoques del espectáculo. He hecho cabaret, acústicos, formatos pequeños y de orquesta, bares, teatros grandes… Cada uno es un lenguaje distinto, una forma de comunicación con el público ligeramente diferente. Manejar muchos lenguajes es una experiencia muy valiosa a la hora de compartir con un público tan conocedor y exigente como el del rock y el metal. Allí no hay aficionados: todos son melómanos exigentes. Eso pone la vara muy alta.
El rock ha sido históricamente un espacio complejo para las mujeres. ¿Cómo ha sido tu experiencia y qué retos has enfrentado en ese sentido?
Como mujer, no creo haber enfrentado dificultades distintas en el ámbito del rock. Creo que roqueros y roqueras enfrentamos las mismas. No he sentido jamás ser objeto de discriminación por cuestiones de género. Los frikis cubanos somos un espacio de resistencia desde siempre, una minoría históricamente oprimida, luego aceptada pero incomprendida, luego oficializada pero aún incomprendida. No somos una comunidad de Ositos del Cariño; contradicciones, enfrentamientos y polaridad ha habido siempre y habrá, y eso es útil y necesario, pero en realidad no hay discriminación grave. Hablo siempre desde mi experiencia personal. Jamás hubiera permitido ese tipo de marginación, ni sobre mí ni sobre ninguna colega.
¿Cómo percibes hoy el papel de la mujer dentro de la escena rock en Cuba?
Muy poderoso. Lamentablemente, hemos perdido demasiado en materia de grupos con repertorio propio: ese daño es imperdonable e irreparable. Demasiadas creadoras y creadores insustituibles han migrado hacia otros países o han aparcado su creatividad. Estamos en una época donde el rock cubano no se compone en Cuba, salvando a las pocas agrupaciones de metal que sobreviven a puro corazón, sin apoyo institucional y sin festivales nacionales ni plazas fijas en las que presentar su obra original. Eso es un crimen imperdonable. Pero, dentro de lo que nos dejan tener, hay una fuerte presencia femenina en grupos como Bonus y Alora, por ejemplo, en cuanto a visibilidad y liderazgo. El caso de Bonus (Yanairis Fernández) tiene un repertorio propio que defienden en cada ocasión que se presentan, pero el cover es nuestro último bastión, nuestra manera de mantenernos activos, de ganar los frijoles y, más allá de todo eso, de seguir funcionando como comunidad.
Crear desde Cuba implica múltiples desafíos. Desde tu experiencia, ¿cuáles han sido los principales obstáculos?
Aquí hay tela, pero solo me referiré a mi experiencia más cercana. En primer lugar y de manera general (no solo a los músicos de rock), el tema de los impagos es un arrastre que lacera de forma lenta y aplastante. Demasiadas estructuras intermedias, demasiados funcionarios parásitos cobrando su sueldo puntualmente sin que los que generamos esos ingresos que ellos manejan veamos el fruto de nuestro trabajo durante meses.

Es completamente inexplicable que la gente pague en efectivo en la puerta de un local, que ese dinero vaya íntegro a una empresa a la que solo le pertenece, por contrato, el 5% de ese efectivo, y allí permanezca durante meses sin que nadie dé explicaciones. ¿Por qué tienen que secuestrar nuestros ingresos tanto tiempo solo para retener su porcentaje? Misterios de la empresa socialista.
En segundo lugar, y esto sí se refiere específicamente al rock: una industria musical no puede existir sin proyección discográfica.
. ¿Cómo influye el contexto social y económico del país en tu proceso creativo y en la producción de tu obra?
Creo que ya antes he hablado un poco sobre este punto. No solo desde la música, sino desde el teatro (al que me sigo dedicando), la sola permanencia es un acto de resistencia. Los impagos, la falta de recursos, la ausencia de apoyo de muchas instituciones cuya función es justamente apoyar: todo eso se convierte en una carrera de fondo que nunca termina. Y lo jodido es que al final de esas carreras no hay un descanso: hay un escenario, luces, audio y un público conocedor que no se conforma con menos.
Más allá del escenario, también eres madre. ¿Cómo influye la maternidad en tu vida artística y cómo logras equilibrar la vida familiar con las exigencias de tu carrera?
Ser madre es la más difícil de todas las carreras. Para mi fortuna, tengo una familia maravillosa y unida; mis padres son excelentes abuelos y mi esposo está presente, aun desde la distancia. La maternidad es una carrera que nunca se detiene, no descansa, no hay pausa. Mis hijos son aún pequeños (6 y 9 años, respectivamente); las condiciones para maternar y educar en mi país cada vez son más precarias; mis horarios de trabajo coinciden con sus días libres… Es duro acostarse a la una de la mañana después de dos horas de concierto y levantarse al amanecer para atenderlos. Tener que salir corriendo de las fiestas de cumpleaños para las pruebas de sonido o las matinés. Es difícil, pero es mi felicidad pasar tiempo con ellos. Nos disfrutamos mucho.

En el contexto actual, muchos artistas han optado por emigrar. ¿Has pensado en esa posibilidad y desarrollar tu carrera como cantante fuera de Cuba?
Naturalmente que he pensado en emigrar, pero no por mí ni por mi carrera, sino por mis hijos. He visto decaer y desvanecerse cada uno de los logros de los que durante toda mi vida solía presumir este proyecto social. La educación gratuita es una falacia de proporciones épicas. Somos las madres y los padres quienes sostenemos la educación de nuestros hijos pagando la base material, las condiciones higiénico-sanitarias, la alimentación y ayudando en todo lo posible a las maestras, que son las verdaderas heroínas de todo esto. De la salud pública es mejor ni hablar, pese al sacrificio y entrega de muchos profesionales. Y lo que viene, prefiero ni imaginarlo. Migrar no es solo una opción: es una urgencia para mí, además de volver a reunir a mi familia. No sé si fuera de aquí me toque agarrar un micrófono o una escoba; el tiempo dirá. Pero de momento mi máxima responsabilidad son mis hijos. Puede que algún día la vida me devuelva mis otras pasiones.
A pesar de las dificultades, ¿qué te impulsa a seguir creando y qué significa para ti hacer arte desde Cuba hoy?
Es mi trabajo. Es lo que siempre he hecho y lo que amo hacer. Es lo que sé hacer mejor. No sé qué significa «Cuba» a estas alturas. Sé que al final de los obstáculos y del cansancio hay un escenario, luces, audio y un público que no se conforma con (y que no merece) menos.



