El pasado fin de semana las previsiones meteorológicas en Madrid auguraban temperaturas cercanas a los cero grados, e incluso alguno que otro por debajo en horas de la noche. Esta súbita caída de los termómetros representaba una suerte de récord para esta época del año, técnicamente otoñal.
Por esos días el multifacético poeta, escritor, académico y también recordista del verso y la simpatía, Alexis Díaz Pimienta, anunciaba en redes sociales su regreso a la capital española. Sería una presentación con amigos, en la sala Jazzville del céntrico barrio de Retiro.
En el mensaje, el repentista cubano, acogido en España desde hace algunas décadas, prometía convertir la palabra en ritmo y en fuego el escenario, al margen de lo advertido por la Agencia Estatal de Meteorología.
Llegado el día de la cita, a la salida del metro, mis huesos y yo constatamos la milimétrica veracidad del pronóstico del tiempo, reforzada por el sonido nítido de mis pasos, que esta vez no se mezclaban con el habitual ajetreo madrileño nocturno.

Pimienta con Amanda Sorokin.
Ya dentro del Jazzville, sin embargo, el contraste fue brutal y confieso que quedé sorprendido -y mucho-ante el poder de convocatoria del anfitrión: sold out, aforo completo, cerrado por capacidad; llámese como quiera, lo cierto es que en el local no cabía un alma más. Quedaba entonces por comprobar si Pimienta cumpliría, por enésima vez, su palabra.
Se acercó entonces el poeta al micrófono, sin guion, sin red, empuñando solamente una botella –en ese momento con agua– y tras el primer sorbo, inició el imparable vuelo libre de la rima cálida. Las miradas sorprendidas, los primeros aplausos, las tempranas sonrisas en cada rincón, constituían las pruebas iniciales de que la distancia entre el hielo nocturno y la hoguera prometida, comenzaba a recortarse.
Llegaba así el primero de los amigos, el cantautor Claudio H, para guitarra en mano, ponerle acordes y melodías al momento, en tanto que Alexis soltaba sus habituales, pero nunca repetidas ráfagas octosílabas.
Luego tocó el turno del también poeta Juanlu Mora, para un precioso mano a mano, donde el español leyó, de manera aleatoria, sutiles y concisas verdades camufladas en verso, mientras que el cubano alternaba con la lectura de sus ingeniosos “Poemas muy breves de títulos muy largos”, generando una extraña alquimia entre risa y profundidad que no me atrevo a describir.
Pasaba después el trovador cubano, radicado en España, Amaury Muro, para proponer una versión, seguramente irrepetible de su tema “Lo vamos viendo”, reconstruido y modificado por las improvisaciones jocosas de Alexis.
Seguidamente, el de Santa Clara puso voz y sentimiento a unos versos que dan fe del período más campestre de la habanera, pero también itinerante existencia de Díaz Pimienta, con la musicalización de momentos que retratan su estancia en Limonar, Matanzas, compartiendo un amor de juventud.
Sépase que Alexis, aunque desde muy niño cantó a las palmas y los cañaverales, es nacido en Centro Habana y fue en esta etapa, con piso de tierra y gallinas en el patio, que conoció en primera persona, el desventajoso privilegio que muchas veces ofrece la vida rural.
A la fiesta se sumaba también, directamente desde Costa Rica, Bernardo Quesada, para continuar el juego entre música y poesía improvisada, dando paso, minutos más tarde a la poetisa Amanda Sorokin, seguida del colectivo Son Jarocho Madrid, quienes hicieron del local un fandango veracruzano en toda regla.
Ya a esa altura la conexión con el público era total y cada expectativa lingüística cumplida, o sobrecumplida por el cubano era agradecida con un aplauso emotivo. La mística en el recinto llegaba a tal magnitud que podías coincidir en la barra, con un tal Jorge Drexler, quien disfrutaba entre los presentes, del espectáculo de su amigo. Por cierto, la actitud sencilla y campechana del uruguayo, casi hacían olvidar que es uno de los más grandes creadores e intérpretes de la canción en nuestro idioma y acreedor de múltiples premios, entre los que destaca un Oscar, un Goya y varios Latin Grammys, por ejemplo.

En los compases finales, subió al escenario el cantautor granadino Fran Fernández, responsable en gran medida de la presencia del repentista en el Jazzville, para juntos interpretar “Yonqui del Amor”, un tema con letra de Alexis y energía musicalizada, marca del intérprete.
Y en el cierre no podía faltar la “Ensalada de palabras con Pimienta”, momento en el que el maestro, pizarrón en mano, suele anotar cuanta barbaridad fónica le lanzan desde el público, que lo intenta poner en jaque poético, buscando términos sin relación y con rimas casi impenetrables. En esta ocasión Alexis recogió hasta 25 palabras.
De más está decir lo que sucedió después, el poeta fue destrozando los retos, o más bien jugando a hilvanarlos, a un ritmo cada vez más frenético, subiendo la temperatura para delirio de los presentes.
Un momento emotivamente especial sobrevino cuando Alexis, en medio de esta vertiginosa dinámica, empleara la palabra Tomasita (una entre las 25 registradas) para homenajear de manera muy sentida a su hermana de vida, la irrepetible Tomasita Quiala, tristemente fallecida hace solo unos meses, si bien el poeta era consciente, de que en este caso, las palabras no iban a alcanzarle.
De esta manera, cerrando por todo lo alto, el virtuosismo mental de la garganta pimentera, ponía el cierre victorioso a una noche histórica. Bajo el escenario, lo esperaban los abrazos, las sonrisas, las firmas de libros, porque nadie quería marcharse sin atesorar un momento más junto al poeta, que se multiplicaba por todas partes.
Entrada la medianoche y poniéndole banda sonora al momento, el artista Carlos Gómez Floriano, mejor conocido como Mr. Black, dispuso de sus canciones a la carta, evitando que la llama festiva se apagara.
En una de esas, para sorpresa suya y nuestra, Drexler subió a interpretar “Baby, I love your way”, el clásico framptoniano y luego “Don´t let me down”, de The Beatles, aumentando con ello, la espontaneidad de una jornada completamente improvisada.
Mucho más tarde, a la salida, influenciado tal vez por la euforia, los vinos, o la emoción, debo admitir que me parecieron exagerados los alarmantes pronósticos del tiempo. La calle desolada se ofrecía mucho menos imbatible después de lo vivido. En el Jazzville mientras tanto, Pimienta y sus amigos continuaban encendiendo la palabra y no podría precisar, a qué hora de la mañana, terminaron el sueño de aquella noche veraniega.



