El periodista e investigador Jaime Masó Torres ha dedicado buena parte de su trabajo a explorar la memoria musical de Cuba. Desde la radio hasta la investigación y el libro, su mirada se ha centrado en rescatar historias, figuras y procesos que muchas veces quedan fuera del foco mediático.
En esta conversación con Human Press, Maso, radicado en Costa Rica, reflexiona sobre el papel de la música en la identidad cultural cubana, el impacto de la migración en la escena musical y los desafíos de preservar la memoria sonora de la nación.
Su trabajo periodístico ha estado muy ligado a la memoria cultural y, en particular, a la música. ¿Cómo comenzó su interés por el periodismo musical?
Realmente el gusto por la música, especialmente la música cubana, empezó en casa y el responsable fue mi padre. Papá era chofer, pero tenía una sensibilidad muy grande para el arte, de manera general, y se empeñó en que me aprendiera nombres, datos y supiera distinguir los géneros… No sé si conscientemente, pero lo hizo bien. Me da mucha tristeza que no haya visto los frutos de su trabajo. Murió muy joven.
Antes de llegar al periodismo pasé por la radio de mi ciudad y a partir de ahí supe que ese era mi mundo. Es una historia muy común y que seguramente has escuchado en personas de varias generaciones. No es nada especial, pero para mí, obviamente, tiene un gran significado. En la carrera cada uno fue escogiendo un camino o, digamos, una “especialidad” y yo escogí el periodismo artístico, creo que se me daba bien, no estoy muy seguro. Lo otro que me ha ayudado muchísimo es la radio y conocer a buenísimos profesionales, eso ha sido fundamental.

En su experiencia como periodista, ¿qué papel ocupa la música dentro de la identidad cultural cubana y en la construcción de la memoria colectiva?
Tu pregunta ha sido el eje central de varias investigaciones, durante décadas. Si te fijas en las obras de Fernando Ortiz, Natalio Galán, Alejo Carpentier o María Teresa Linares, entre otros autores, notarás que cada uno lo demuestra: la música en Cuba es un elemento primordial de nuestra identidad. El gran Guillermo Cabrera Infante también lo demostró en sus novelas y cuentos. La música para nosotros es vital. Todos los procesos políticos y sociales que hemos vivido como nación tienen su banda sonora.
Claro que eso también ocurre en otros países, pero no con la misma intensidad que en Cuba. Nuestras victorias, crisis, frustraciones y anhelos de libertad llevan un ritmo, un sonido propio. Y eso, aunque suene muy chovinista, también nos hace únicos.
¿Qué canción define para ti este proceso que vive Cuba actualmente?
Si tuviera que escoger una sería Duele, de Haydée Milanés y El B, ex integrante de Los Aldeanos.
A lo largo de tus entrevistas y textos has dialogado con músicos de diferentes generaciones. ¿Qué cambios has percibido en la escena musical cubana en los últimos años?
Fíjate que yo no soy la mejor persona para hablar de cambios, aunque los percibo, por supuesto. No he seguido la misma línea de otros colegas como Michel Hernández, Rafa Escalona o Alden González, por ejemplo.
Ellos sí están más empapados de todo ese movimiento y sobra decir que los admiro por su lucidez. Mi camino ha sido explorar esa música que hoy no es la que más suena, ni aparece en las listas. Buscar en archivos, rastrear un dato, demostrar la trascendencia de una figura poco conocida es lo que más disfruto. Y ese descubrimiento se lo debo a una sola persona: Rosa Marquetti Torres.
Pero me cuesta hacer señalamientos sobre lo que se escucha o hacer comparaciones. Cada época vibra y suena a partir de lo que se vive, de lo que está en el ambiente.
Lo que sí percibo como un cambio negativo, es el distanciamiento de muchos músicos dentro y fuera de la isla a partir de los sucesos que vive Cuba. Me quito el sombrero ante esos que señalan y se oponen a la censura, sin caer en el extremismo político. Con los que guardan silencio para no dañar su imagen, siento lástima y decepción.
Parte de tu trabajo también ha quedado recogido en libros dedicados a figuras de la música cubana. ¿Cómo surgieron esos proyectos editoriales y qué te motivó a investigar y escribir sobre esos artistas?
Hasta ahora he publicado cuatro libros: dos de entrevistas y los otros dedicados a la carrera artística de Beatriz Márquez y de María Teresa Vera, respectivamente. No soy tan prolífico como me gustaría. Demoro mucho trabajando y tampoco me interesa publicar un libro todos los años. Humanamente, no puedo. Si te soy sincero nunca quise publicar y menos en Cuba donde hay tantos y tantos autores de talla mayor. Primero porque soy periodista y no tengo una formación como escritor, aunque ambos oficios se complementan. Pero llegaron esas propuestas y me tiré al pozo.

Mi único objetivo es que sean útiles: que les sirvan a otros investigadores, que puedan encontrar el dato que les falta. Es un aporte mínimo, pero hecho con sinceridad y rigor.
Mi último libro: Veinte años y más. María Teresa Vera (1895-1965) sí fue una sugerencia directa de Rosa Marquetti al ver mi interés por la obra de la trovadora. Rosa me acompañó y asesoró durante todo el proceso y es justo reconocerlo.
En muchos casos, la historia de la música cubana también está atravesada por la migración. ¿Cómo has visto reflejado ese fenómeno en las historias de los músicos que has entrevistado?
Los músicos cubanos, como sabes, están en todo el mundo. Algunos viviendo de su talento y otros llevando la música a la par con otros oficios. Emigrar es duro, durísimo, por eso alegra tanto cuando un músico crece y triunfa en otras tierras.
Ahí están los ejemplos de Yadam González (Fresto), Aymée Nuviola, Lucrecia, Daymé Arocena, Pepe Rivero, Renesito Avich y muchísimos otros que se la han “currado”, como dicen los españoles, llevando siempre el sonido de Cuba. Por esa misma razón es que también aborrezco tanto a los censores cuando quieren ignorar sus nombres.
Hoy existe una diáspora musical cubana muy activa. Desde tu perspectiva como periodista, ¿cómo dialoga esa creación que
surge fuera de la isla con la que se produce dentro de Cuba?
Creo que sí existe un diálogo entre la música que se hace fuera de la isla y la que se produce dentro de Cuba, aunque muchas veces es un diálogo silencioso y no tan visible como debería. Los músicos comparten referencias culturales y están atentos a lo que ocurre en ambos espacios.
Ahora bien, el contexto en el que trabajan es muy distinto. Los músicos fuera de la isla entran en un ecosistema diferente, de mucha competencia que obliga a superarte, romper barreras, entender la importancia de una buena promoción y cuidar cada detalle. Cuba, en cambio, todavía gira en un limbo donde lo más “cool” es alcanzar un CUBADISCO. Aunque no se quiera vincular una cosa con la otra, lo cierto es que la creación necesita libertad para seguir explorando y eso dentro de Cuba es un desafío. Hasta para eso es importante un cambio político y perdona si soy monotemático, pero es que todo pasa por ahí.

¿Crees que la migración está transformando la manera en que se cuenta y se preserva la historia de la música cubana?
Definitivamente sí y para bien. Y no solo me refiero a los músicos que cultivan la parte más tradicional, hay que destacar también los que están
haciendo música urbana, unos con mejores resultados que otros. Pero es injusto no reconocer el trabajo de los músicos que están fuera de Cuba, no merecen el silencio, todo lo contrario. Los resultados hablan por sí solos: en eventos de grandísimo prestigio, ganando premios, llegando a universidades, colaborando con otros artistas. También en la parte
investigativa hay autores que ahora mismo están realizando libros sobre la historia musical de nuestro país con mucho éxito. El caso más reciente son
los dos libros sobre Celia Cruz, publicados por la editorial PLANETA y con un impacto notorio. Lamentablemente hay un sector dentro de la isla que se resiste a reconocer todo lo que está pasando en otros lugares.
Muchos periodistas culturales trabajan también como archivistas de la memoria. ¿Sientes que tu labor tiene algo de rescate o preservación de esas historias musicales?
Aspiro a eso y los compañeros que conozco también buscan el mismo objetivo: preservar la memoria, combatir el olvido. No te digo que sea un
trabajo económicamente gratificante, nada de eso. Pero te quedas con la satisfacción de ser útil y de contribuir, aunque mínimamente, a esa labor
que llevaron a cabo personas como Odilio Urfé, Helio Orovio, Radamés Giro, Adriana Orejuela, Sigfredo Ariel… Sin compararnos, lógicamente,
pero siguiendo esa misma ruta.
¿Qué desafíos enfrenta hoy el periodismo musical cubano, especialmente en un contexto donde muchos artistas y periodistas también han emigrado?
Primero, el mismo desafío de gran parte del pueblo cubano y sabes cuál es. Segundo, valorar más lo que tenemos y creernos que musicalmente sí somos una nación privilegiada. Tercero, más espacios de investigación, crítica y memoria.
Desde tu mirada personal, ¿cómo ha impactado la migración en tu propia trayectoria profesional y en tu manera de entender el país y su cultura?
Uno tiene que reinventarse, Alejandro, no hay de otra. Incluso, para trabajar fuera de tu área de confort y estar listo para eso. Julio Cortázar definió el exilio como una muerte horrible que se sigue viviendo conscientemente. Pero te permite ver las cosas desde un ángulo más nítido y la importancia de tener una democracia real. Hoy más que nunca Cuba y su cultura lo necesita.



