La Marca

Tinta sobre La Habana

La Marca se ha consolidado como uno de los espacios culturales alternativos más singulares de Cuba. Fundado en 2015 por Leobaldo Canosa, Ailed Duarte y Robertiko Ramos Mori, el proyecto nació con la intención de legitimar el tatuaje como una práctica artística seria y profesional, vinculándolo además con disciplinas como la música, el cine, el diseño y las artes visuales.

A lo largo de estos años ha enfrentado retos propios del contexto cubano, desde la falta de reconocimiento institucional hasta las limitaciones materiales. Aun así, ha logrado construir una red sólida de colaboración con artistas, instituciones y comunidades. Su propuesta se distingue por el concepto de “tatuaje de autor”, la defensa de la identidad cubana en la producción visual y la capacidad de adaptarse a fenómenos como la migración, que ha ampliado el alcance del proyecto hacia otros territorios.

En entrevista para Human Press, Ailed Duarte, una de sus fundadoras, junto a su espos0, Leo Canosa, ambos radicados en Canada, habla sobre la evolución de La Marca y el lugar que ocupa hoy dentro del panorama cultural cubano.

 La Marca se ha consolidado como un espacio clave dentro de la escena cultural alternativa en Cuba. ¿Cómo nace el proyecto y qué necesidades buscaba cubrir en sus inicios?

La Marca nace de una necesidad muy concreta: crear un espacio donde el tatuaje pudiera asumirse con seriedad, rigor y como una práctica artística real. El proyecto fue fundado el 30 de enero de 2015 por Leobaldo Canosa, artista tatuador y creador; por mí, Ailed Duarte, desde la gestión cultural; y por Robertiko Ramos Mori, como director de arte, aportando una mirada esencial en la construcción visual y conceptual del espacio.

No queríamos abrir únicamente un estudio de tatuajes, sino un espacio cultural. Nos interesaba construir un lugar donde se respetaran las buenas prácticas y donde el tatuaje dialogara con otras manifestaciones artísticas: la música, el diseño, el audiovisual y las artes visuales.

De alguna manera, intentábamos llenar un vacío. En Cuba no existía un espacio que reuniera esa visión profesional, artística y multidisciplinaria alrededor del arte corporal.

En un contexto donde el tatuaje ha sido históricamente estigmatizado, ¿qué significó para ustedes apostar por profesionalizar y legitimar esta práctica como forma de arte?

Profesionalizar el tatuaje también implicó asumir una responsabilidad. No se trataba únicamente de tatuar bien, sino de transformar una percepción muy arraigada.

En Cuba, el tatuaje estuvo asociado durante mucho tiempo a lo marginal o informal, y nosotros queríamos demostrar que podía existir una práctica con ética, técnica, responsabilidad sanitaria y valor artístico. Desde el trabajo de Leo como tatuador y creador, y desde la construcción conceptual del espacio, fuimos defendiendo esa legitimación.

También había otro propósito importante: dialogar con otras manifestaciones artísticas más consolidadas y, al mismo tiempo, acercar a otros creadores al tatuaje como medio de expresión.

Nos interesaba que diseñadores, ilustradores o pintores vieran la piel como un soporte posible y trasladaran sus lenguajes visuales al tatuaje. Eso fue fundamental para legitimar lo que hacemos como una expresión artística más, aunque sobre un soporte diferente.

Creo que antes existía mucho desconocimiento sobre el tatuaje dentro de otros campos del arte. Con los años esa distancia se ha reducido. Hoy existe más diálogo, más curiosidad y también más respeto hacia el tatuaje como disciplina.

Más allá del tatuaje, La Marca funciona como un espacio multidisciplinario. ¿Cómo se construye esa visión que integra arte, música, cine y comunidad?

La Marca nunca se pensó como un espacio cerrado. Desde el inicio fue un lugar muy versátil, donde probamos prácticamente de todo: exposiciones, grabaciones de discos, conciertos, talleres o encuentros.

Esa visión se fue construyendo en la práctica, poniendo constantemente a prueba los límites del espacio. Nunca dejamos de hacer algo por prejuicio o por formato. Eso permitió que se convirtiera en un lugar donde distintas disciplinas conviven de manera natural y donde siempre existe un flujo constante de artistas, curiosos y colaboradores.

La dirección de arte y la curaduría de Robertiko Ramos han sido esenciales para sostener una coherencia dentro de esa diversidad y permitir que el proyecto creciera sin perder identidad.

Desde tu rol como gestora y comunicadora, ¿cuál ha sido el mayor reto a la hora de sostener un proyecto independiente en Cuba?

El mayor reto ha sido sostener la independencia. No responder a ninguna institución en términos de financiamiento o funcionamiento nos da libertad, pero también implica asumir completamente nuestras metas y expectativas.

Sin embargo, independencia nunca significó aislamiento. La Marca no habría sido posible sin una red muy fuerte de colaboración con instituciones estatales y privadas. En nuestro caso, la más importante ha sido la Oficina del Historiador de La Habana, no solo por la zona donde estamos insertados, sino también por todo lo que aprendimos de su proyecto cultural y de su manera de entender el valor patrimonial.

También han sido importantes espacios como Fábrica de Arte Cubano, Teatro El Público y diferentes facultades de la Universidad de La Habana. Todo eso permitió insertar nuestro trabajo dentro de una dinámica cultural más amplia.

Trabajar en Cuba implica resolver constantemente problemas relacionados con materiales, electricidad, logística o financiamiento. Todo eso forma parte del proceso. Pero también nos obligó a desarrollar una manera muy propia de hacer las cosas.

El concepto de “tatuaje de autor” es central en La Marca. ¿Cómo se desarrolla esa relación entre artista y cliente en el proceso creativo?

El concepto de tatuaje de autor parte de entender que cada persona es distinta y tiene una relación particular con su cuerpo, su piel y su historia.

El proceso se construye desde la comunicación directa. No se trata de copiar una imagen tomada de redes sociales, sino de dialogar con la persona, orientarla y construir una pieza que conecte con su idea y también con sus características físicas.

Siempre intentamos llevar al cliente hacia algo más original. No es hacerse un tatuaje por tenerlo, sino construir una pieza única, pensada específicamente para ese cuerpo.

¿Qué importancia tiene la identidad cubana dentro de las propuestas visuales que nacen en La Marca?

La identidad cubana no está solo en el motivo que eliges, sino en la manera en que haces las cosas.

Vivir en Cuba imprime inevitablemente una forma de mirar y producir. Incluso en estilos que no son tradicionalmente cubanos, siempre aparece una sensibilidad o una manera de resolver que atraviesa el resultado final.

Más allá de los clichés, nos interesa trabajar una visualidad más profunda: en la composición, la paleta, la construcción de la imagen y también en la manera de ejercer la profesión dentro de un contexto complejo.

En los últimos años, la emigración ha impactado fuertemente al sector creativo cubano. ¿Cómo ha influido este fenómeno en el equipo, la dinámica de trabajo y la proyección de La Marca?

La emigración ha tenido un impacto evidente, pero La Marca nunca funcionó como un espacio cerrado y eso ha sido clave.

Siempre trabajamos con un equipo dinámico, donde las personas se formaban, se integraban y luego seguían su camino. Eso permitió que el proyecto fuera más flexible y menos dependiente de estructuras rígidas.

Aunque muchos se hayan ido, el vínculo se mantiene. Algunos continúan colaborando o funcionan como puente con otros contextos. Más que una ruptura, el fenómeno terminó convirtiéndose en una expansión.

A nivel personal, ¿cómo has vivido o interpretado el tema migratorio dentro de tu entorno profesional y creativo?

Moverse implica siempre asumir pérdidas, pero también confiar.

A nivel personal, el proceso migratorio lo he vivido desde esa dualidad constante entre lo que se deja atrás y lo que se construye. Existe una separación física inevitable, pero nunca lo he sentido como una ruptura total, sino como una transformación de los vínculos.

Parte del aprendizaje ha sido soltar, delegar y confiar en que otros pueden continuar lo que uno inició, aunque sea desde otro lugar o bajo otras dinámicas.

Las personas que han pasado por La Marca no desaparecen. Permanecen en la manera de hacer, en lo que aprendieron y en cómo gestionan sus propios proyectos.

También se crean conexiones a larga distancia. La gente que se va sigue vinculada, pendiente, colabora, recomienda y vuelve. Se forma una red extendida que trasciende el espacio físico.

En mi caso, sostener La Marca también ha sido una forma concreta de mantenerme conectada con Cuba, no solo desde la memoria, sino desde una práctica activa y viva.

Por eso, más que hablar de separación, prefiero hablar de expansión. El proyecto crece hacia otros lugares, se transforma con las personas que se mueven y se multiplica en nuevas formas.

En La Marca han logrado conectar con artistas y públicos fuera de Cuba. ¿Cómo percibes ese diálogo entre lo local y lo internacional en el contexto actual?

Ese diálogo ocurre de manera natural porque se construye desde vínculos personales.

Como sucede en toda isla, siempre existe una mirada hacia afuera, aunque no desde la copia. No se trata de reproducir lo que ocurre en otros contextos, sino de entender qué está pasando y adaptar aquello que realmente nos sirve desde nuestras propias necesidades expresivas.

Ha sido importante invitar a artistas internacionales, traerlos al espacio e involucrarlos en nuestra realidad. Ese intercambio no es unilateral: mientras aprendemos de sus estilos y procesos, ellos también se enfrentan a nuestras condiciones y a nuestra manera de resolver.

Eso nos ha mantenido en un estado de cambio constante y en una relación viva con el exterior.

Además, muchos artistas, clientes y colaboradores que pasan por La Marca mantienen el vínculo con el proyecto. Se genera una red que trasciende lo geográfico y se sostiene en el tiempo.

Lo internacional no sustituye lo local: lo amplía.

En términos de producción cultural, ¿qué aprendizajes te ha dejado liderar un espacio que constantemente se reinventa?

El mayor aprendizaje es entender que muchas veces el límite te lo pones tú mismo.

También ha sido fundamental la experiencia de la Oficina del Historiador y su manera de acercar la cultura a la comunidad, escuchar a los públicos y abrir espacios.

En La Marca intentamos hacer algo parecido: acercar a la comunidad de La Habana Vieja a un tipo de arte al que normalmente no tiene acceso, más allá de galerías o salas de conciertos.

Abrir el espacio, hacerlo disponible y escuchar necesidades ha sido esencial. La comunidad que nos rodea es uno de nuestros mayores valores. Hemos construido una relación muy fuerte con ella, especialmente con los niños que han crecido junto al proyecto durante estos más de diez años.

Y en términos de producción también aprendes que no hay malas obras ni malos artistas, sino piezas mal colocadas o vistas desde el lugar incorrecto.

¿Cómo ves el presente y el futuro del tatuaje en Cuba dentro del circuito artístico contemporáneo?

Hoy el tatuaje enfrenta un contexto complejo. Los costos de los materiales son elevados, existen dificultades con las importaciones y las prioridades económicas de las personas han cambiado.

A eso se suma la falta de reconocimiento institucional y de un marco legal claro. Aunque ha habido algunos avances, sigue siendo una práctica ubicada en una zona gris.

Aun así, existe interés. Hay nuevos artistas, personas que continúan acercándose para aprender y espacios como La Marca se han consolidado como referentes asociados a la seriedad, la calidad y el trabajo profesional.

 ¿Hacia dónde se proyecta La Marca en los próximos años y qué nuevas ideas o colaboraciones te gustaría desarrollar?

La principal proyección sigue siendo lograr el reconocimiento legal del tatuaje como actividad.

Más allá de lo artístico, resulta fundamental que exista una regulación clara relacionada con el manejo de desechos, la importación de materiales certificados y las condiciones seguras de trabajo.

Ese continúa siendo el gran objetivo.

En paralelo, seguimos desarrollando proyectos. Actualmente estamos vinculándonos con nuevas iniciativas como la Bienal y moviéndonos hacia espacios externos: escuelas, talleres y trabajo con niños y adolescentes.

La idea también es salir del espacio, no esperar únicamente que la gente llegue, sino acercarnos nosotros a las comunidades.

Siempre trabajamos pensando en ciclos cortos, de pocos meses, pero manteniendo una visión constante: sostener el proyecto, hacerlo crecer y seguir abriendo caminos.

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