Sweet Lizzy Project.

Sweet Lizzy Project: la experiencia migratoria forma parte natural de nuestra música

Sweet Lizzy Project es una banda que ha ido construyendo su camino desde La Habana hasta escenarios fuera de Cuba, apostando por un sonido que se aleja de lo tradicional dentro de la isla. Lo que comenzó como una necesidad personal de escribir canciones, sin grandes expectativas, terminó convirtiéndose en un proyecto sólido que ha sabido abrirse paso dentro del rock alternativo.

La banda conversó con Human Press sobre su trayectoria, una de las más interesantes de las agrupaciones nacidas en el under cubano durante los últimos años. En la charla repasaron los inicios, las dificultades para hacer rock en Cuba, el salto a Nashville y todo lo que ha implicado crecer lejos de casa. También hablan de su música, de la migración y de cómo han logrado conectar con públicos distintos sin dejar atrás lo que son.

Sweet Lizzy Project nace en Cuba, pero su música suena más cercana al circuito anglosajón que al latino tradicional. ¿Desde el inicio pensaron en un proyecto con proyección internacional?
Honestamente, al principio no teníamos ninguna proyección comercial. Yo empecé escribiendo canciones mientras estudiaba Bioquímica en la Universidad de La Habana y, en algún momento, decidí grabarlas simplemente para tenerlas. “Para enseñárselas a mis nietos”, pensaba. No tenía ninguna aspiración de que alguien las escuchara.
Las escribía en inglés porque era el idioma de la música que siempre me gustó y que me inspiró a crear. Así conocí a Miguel Comas, que en aquel entonces era productor, guitarrista y director musical de la banda Deja Vu. No solo me ayudó a producir y grabar mis dos primeras canciones, sino que decidió empezar este proyecto conmigo y seguir creando música juntos, incluyendo sus propias composiciones.

En un país donde el rock no es precisamente la música más escuchada, ¿qué significaba para ustedes apostar por este género?
Lo más difícil realmente no fue encontrar público que escuchara Rock. Siempre hubo audiencia para nuestra música y los conciertos se llenaban de gente de todas las edades: desde jóvenes como nosotros, que disfrutaban tanto los covers como la música original, hasta personas mayores que no pudieron escuchar ese tipo de música en su juventud porque no lo tenían permitido.
El problema era la difusión del género y el apoyo institucional. Era difícil para músicos como nosotros, que no veníamos de escuelas de música ni teníamos contactos en la “industria”, insertarnos en la escena porque se necesitaban permisos para tocar en vivo.
Perdí la cuenta de cuántas veces me preguntaron por qué no cantaba boleros o por qué no cantaba en español. Pero nunca sentimos que tuviéramos otras opciones: queríamos hacer lo que nos gustaba. Fue el rock —no la timba ni la música campesina— lo que me inspiró a cantar. Era eso o nada.

Mudarse a Nashville implicó entrar en una de las capitales musicales del mundo. ¿Cómo cambió eso su manera de entender la música?
Vinimos directo a Nashville desde La Habana. Para algunos miembros de la banda era su primera vez fuera de Cuba, así que no fue una transición fácil. Fue abrumador en todos los sentidos: todo era nuevo, tanto en lo personal como en lo profesional, y además en otro idioma.
En medio de todo eso empezamos a escribir, grabar un disco y salir de gira.
Aquí había música en vivo por todas partes. Trabajábamos en estudios donde habían grabado muchos de nuestros ídolos y poco a poco encontramos la forma de salir a la carretera y tocar por todo el país. Hemos pasado por escenarios muy distintos, desde clubes underground hasta grandes arenas, compartiendo con artistas como Heart y Joan Jett.
Espiritualmente fue muy enriquecedor rodearnos de tanto talento: músicos, compositores, productores, ingenieros. Creo que sobre todo el disco Technicolor estuvo muy influenciado por esa etapa de cambios.
Y desde un punto de vista práctico, era como tener acceso a “magia”: instrumentos, equipos, tecnología, información… Veníamos de un lugar donde no había ni una tienda para comprar cuerdas de guitarra. También aprendimos cómo crear, distribuir y promover nuestra música de manera independiente.

 ¿Cómo es vivir en una ciudad como Nashville, con su ritmo y su cultura musical tan intensa?
Es estimulante e inspirador, sobre todo si te dedicas a la música. La creatividad está en el aire: todo el mundo está escribiendo, tocando, colaborando. Eso te empuja constantemente a crecer y a no conformarte.
Algo que me encantó desde el principio es el respeto profundo que existe por la canción y por el oficio, sin importar el género.

 Nashville tiene una identidad sonora muy marcada. ¿Cómo se posiciona Sweet Lizzy Project dentro de esa escena sin perder su esencia?
Siempre digo que somos un poco raros, jaja. En Cuba lo éramos porque no encajábamos en el estereotipo de banda cubana. Cuando llegamos aquí pensamos que sería diferente y nos “camuflaríamos” mejor con la escena musical… pero tampoco.
Aunque Nashville es famoso por el country, aquí se hace de todo. Nosotros seguimos haciendo principalmente rock alternativo, pero no sonamos como una banda americana, porque no lo somos. Ahí es donde se notan nuestras influencias de haber crecido en Cuba, y es algo que nos gusta resaltar en los conciertos.
Nosotros hacemos nuestro propio rock alternativo cubano.

¿Sintieron en algún momento la presión de adaptarse a la industria musical estadounidense?
No fue presión, fue simplemente parte del proceso. Entender que existe una industria donde la gente escucha tu música online o compra discos parece obvio ahora, pero no lo era cuando llegamos.
En Cuba nunca fuimos parte de una disquera, y nuestro primer disco Heaven (2015) fue completamente independiente—prácticamente lo regalábamos en los conciertos.
Si soy honesta, mi parte menos favorita de hacer música es la industria. Pero hay que entenderla para decidir cómo moverte dentro de ella o cómo adaptarla a tu manera de crear.
Después de trabajar con disqueras, distribuidoras, agencias de marketing, etc, hemos aprendimos que lo más valioso es crear comunidad alrededor del proceso creativo. En eso es en lo que más nos hemos enfocado en los últimos años.

Sus discos muestran un crecimiento importante del grupo. ¿Cómo reflejan esas grabaciones el tránsito desde Cuba hasta Nashville?
De todas las maneras posibles. Nuestra música siempre ha sido muy personal. Yo escribo sobre mi vida, tanto individual como dentro de SLP.
Technicolor fue el primer álbum con canciones escritas fuera de Cuba, aunque muchas nacieron allá y luego se regrabaron en Nashville. “These Words”, por ejemplo, fue de las últimas canciones que escribimos antes de salir de Cuba, y refleja esa mezcla de miedo, incertidumbre y emoción por lo que el futuro nos depararía.
Luego, Pirate Radio / Radio Pirata estuvo inspirado en las protestas que sucedieron en 2020–2021 y en temas como la libertad de expresión a través de la música y nuestra propia experiencia como banda de rock en Cuba.
Nuestro último disco, Objects in Mirrors Are Closer Than They Appear, es en parte un tributo a nuestro camino como banda y algunas de sus canciones también exploran los traumas —a veces sutiles— asociados a la migración: la separación, el desarraigo.
Cuba está presente en toda nuestra música, de una forma u otra.

Su música ha evolucionado mucho en producción y alcance. ¿Qué ha sido más determinante en ese proceso: los recursos o la mentalidad?
Ambos. Y, además, venir de Cuba nos enseñó a ser extremadamente creativos para resolver problemas y materializar ideas. Eso ha sido una herramienta invaluable.

En varias de sus canciones se sienten temas como la nostalgia o el desarraigo. ¿Qué lugar ocupa la experiencia migratoria en su obra?
Yo creo que esto son sentimientos con los que vivimos todos los que nos hemos ido de nuestra tierra por cualquier razón. Después de migrar logramos hacer algunos conciertos en La Habana antes de la pandemia y muchos de nuestros familiares aún viven en Cuba, de manera que nunca hemos estado ajenos a lo que pasa allá a pesar de que no vivimos rodeados de cubanos como pasa en otras áreas de Estados Unidos. Al ser parte de nuestro día a día, yo diría que los sentimientos que se desprenden de la experiencia migratoria forman parte natural de nuestra música.

¿Cómo ha cambiado su relación con el público al conectar con una audiencia más diversa y global?
Ha sido un proceso de aprendizaje que he disfrutado muchísimo. Una de las cosas que más me gusta de este trabajo es la posibilidad de interactuar y conectar con personas muy distintas todo el tiempo, y eso se ha multiplicado al tocar fuera de Cuba.
Al principio fue un gran reto salir de la comodidad de los escenarios en Cuba, donde compartes no solo el idioma, sino también referencias culturales, sentido del humor y hasta la manera de vivir la música. De repente te enfrentas a un público que no necesariamente entiende tu historia, tu contexto o incluso algunas de tus letras.
Y ahí es donde empieza el verdadero trabajo: no es solo cantar en otro idioma, es aprender a comunicarte de otra manera. Es presentar las canciones, encontrar puntos en común, contar historias que conecten, aunque vengan de realidades distintas. También es escuchar mucho más al público, entender cómo reaccionan, qué los mueve.
Con el tiempo te das cuenta de que, aunque las culturas sean diferentes, las emociones son universales. Las canciones que hablan de pérdida, de amor, de nostalgia o de identidad encuentran su camino igual. Y eso ha sido muy bonito: ver cómo personas que no tienen nada que ver con Cuba conectan profundamente con nuestra música.
Creo que eso también nos ha hecho crecer como artistas. Nos ha obligado a ser más claros, más honestos y más intencionales con lo que queremos transmitir. Y al final, ha fortalecido muchísimo nuestra relación con el público, porque la conexión se vuelve más consciente y más real.

Después de todo este recorrido, cómo definen hoy a Sweet Lizzy Project: ¿una banda cubana, una banda internacional o un punto intermedio?
Como siempre digo al inicio de cada concierto: We are the Sweet Lizzy Project and we come from Havana, Cuba. Orgullosamente cubanos todos los días.

Scroll al inicio